Fecha de publicación: 13/09/2025

Frassati, Ahora Santo: Una Caricia de Dios en la Vocación de la Juventud Vicentina

Consejo General Internacional Juventud

Por Juliana Rosa Silva. Delegada Internacional de Juventud.

El 7 de septiembre de 2025, la Iglesia Católica celebró un momento inolvidable en la historia de la fe: la canonización de dos jóvenes que, con sus vidas, incendiaron el mundo con el amor de Dios: San Pier Giorgio Frassati y San Carlo Acutis y Dos corazones jóvenes, vibrantes, apasionados por el cielo. Dos hombres que, a pesar de su corta vida terrena, dejaron huellas de eternidad a su paso.

Frassati, patrono de la juventud vicentina, murió a los 24 años el 4 de julio de 1925. Un joven profundamente humano —con amigos, estudios, sueños y luchas— y, al mismo tiempo, profundamente santo. No fue un superhéroe, sino una persona como cualquiera de nosotros. Vestía pantalones vaqueros, reía, estudiaba, vivía. Pero había en él algo que ardía de manera distinta: un hambre insaciable de Dios.

Pier Giorgio fue un joven que podría haber elegido la comodidad, pero prefirió el camino estrecho. Hijo de una familia influyente, con estatus, oportunidades y bienes, decidió vivir el Evangelio de manera radical. Se negó a ser indiferente ante el sufrimiento ajeno. Luchó contra las injusticias sociales, enfrentó regímenes totalitarios, no se calló ante el error. Y todo ello no por rebeldía, sino por amor.

Frassati estudió ingeniería en Minas, para poder «servir mejor a Cristo entre los mineros más pobres», como dijo a un amigo; “sus preferidos”, como él los llamaba. Visitaba a los enfermos, cargaba comida y medicinas por las calles de Turín, y lo hacía en silencio, sin buscar aplausos. Su corazón era inquieto, y sus montañas preferidas no eran solo los Alpes que tanto escalaba, sino también las montañas interiores de la fe, la entrega y la confianza total en Dios. Subía a lo alto no solo por la vista, sino porque quería estar más cerca del Cielo.

Mirar la vida de Frassati es como mirar en un espejo, no porque seamos como él, sino porque nos recuerda lo que podemos llegar a ser, incluso en medio de nuestras miserias.

Yo me veo reflejado en Frassati. No en sus obras, sino en sus sueños. En su deseo de amar, aun con tantas limitaciones. Él me inspira a decir la verdad, incluso cuando tengo miedo o cuando el mundo grita lo contrario. Su vida íntima con la Eucaristía me recuerda que es necesario permanecer en constante unión con Cristo para no perdernos en el camino. Su devoción a la Virgen María me enseña que recorrer con ella el camino hacia el cielo es una vía más dulce, aunque exigente. Su afecto y ternura hacia sus amigos me recuerda que la amistad es un don que debemos cultivar, que no hemos nacido para estar solos. Y su vida de entrega profunda a los enfermos y necesitados me recuerda que el servicio a los pobres no es un “hacer”, sino un “ser”: es identidad, es vocación.

Estar presente en la canonización de un santo ya es un don inmenso. Pero estar allí, a los pies del altar, escuchando al Papa León XIV proclamar santo a quien vivió, soñó, creyó y sirvió con el mismo carisma que late en mi corazón… fue como oír a Dios susurrarme al oído:

«La santidad es posible. Incluso para ti».

En ese momento, sentí una caricia de Dios en mi alma. Sentí que Él miraba mi pequeñez y me decía: «Continúa. Yo estoy contigo». Sentí la misericordia, la ternura, la fuerza de un Dios que escoge a los débiles para confundir a los fuertes. Sentí a Dios.

Que San Pier Giorgio Frassati interceda por nosotros jóvenes vicentinos del siglo XXI, para que no tengamos miedo de lanzarnos en los brazos de Dios y de no ser menos que el proyecto de Dios para nuestras vidas.

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